Boadilla marrón
- apeveeditor
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FRANCISCO CERRO
A raíz del documento proporcionado —una nota de prensa del PSOE de Boadilla sobre el elevado coste del agua en las urbanizaciones— se hace evidente un problema que va más allá del debate político y que afecta directamente a la vida cotidiana de muchos vecinos de Boadilla del Monte.

Este artículo pretende ampliar esa preocupación, recogiendo el sentir de quienes viven esta situación en primera persona. Existe un creciente descontento y preocupación entre los vecinos de las urbanizaciones, quienes han visto cómo el coste del agua —especialmente en lo relativo a la depuración— se ha incrementado hasta duplicarse. Este aumento resulta especialmente gravoso para muchas familias que, hace años, adquirieron parcelas en la zona a precios entonces asequibles, en comparación con los actuales. Sobre esas parcelas construyeron sus viviendas con esfuerzo e ilusión, en una época en la que los costes eran considerablemente menores. Hoy, sin embargo, se enfrentan a un dilema inesperado: no podrán mantener algo tan básico en su entorno como es el riego de sus jardines. Y no por falta de voluntad, sino por la imposibilidad económica que supone este incremento desproporcionado en la factura del agua.

El Canal de Isabel II, previsiblemente, justificará esta subida en la necesidad de aumentar la inversión para mejorar la capacidad y las infraestructuras del sistema. Sin embargo, se obvia una realidad fundamental: el perfil de muchos de estos vecinos corresponde a una clase media que, en su momento, apostó por Boadilla como lugar de residencia precisamente por su accesibilidad. Además, el modelo de tarificación resulta cuestionable. Aproximadamente, solo un 20% del agua se destina a uso doméstico, mientras que el 80% restante se utiliza para riego. Aplicar costes elevados de depuración sobre este volumen genera una sensación de injusticia y de falta de análisis real de la situación. El eslogan municipal, “Boadilla verde”, cobra aquí un significado contradictorio. Para algunos seguirá siendo verde, pero para otros empieza a tornarse marrón. Y es que, mientras determinados sectores con mayor capacidad económica podrán mantener sus jardines, muchos vecinos de clase media se verán obligados a reducir o eliminar el riego. Esto no solo afecta a la estética o al bienestar, sino que supone un retroceso ecológico importante. Conviene recordar que Boadilla no siempre fue como es hoy. Quienes llegaron hace años encontraron campos de viñas, terrenos secos y un entorno prácticamente yermo. Ha sido gracias al esfuerzo continuado de muchos vecinos como se ha transformado en un municipio con abundante vegetación y calidad ambiental. Limitar ahora ese mantenimiento supone poner en riesgo ese legado. En el ámbito político, el portavoz del PSOE, Alfonso Castillo Gallardo, ha recogido la inquietud de parte de estos vecinos, impulsando iniciativas para revisar esta situación. Sin embargo, la falta de apoyo del Partido Popular ha impedido que dichas propuestas prosperen en el pleno municipal. Ante esta situación, se ha buscado el diálogo directo con el alcalde, Javier Úbeda, quien ha mostrado disposición a escuchar y trabajar en posibles soluciones. Según ha trasladado, el equipo de gobierno está elaborando una propuesta en esta línea, que ya fue planteada anteriormente sin éxito.

Sería deseable que todos los representantes públicos asumieran con mayor firmeza que su labor es servir al ciudadano, y no al contrario. Desde una perspectiva más amplia, surge una reflexión inevitable sobre el funcionamiento de la política. La sensación de que las decisiones están condicionadas por directrices externas genera frustración entre los ciudadanos, que perciben que sus problemas reales quedan en un segundo plano. Aun así, queda un margen para la confianza. La esperanza está en que se alcance una solución equilibrada que tenga en cuenta la realidad de los vecinos y evite que Boadilla pierda aquello que tanto ha costado construir. Porque, de no ser así, “Boadilla verde” dejará de ser una realidad compartida para convertirse, para muchos, en una amarga ironía: la de una Boadilla marrón.



