Breves reflexiones a los 98
- apeveeditor
- hace 2 días
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LUIS BUCETA FACORRO
La humilde grandeza de la ciencia. Los avances científicos han sido grandiosos para el progreso y desarrollo del ser humano y de la sociedad. Como ya planteó el profesor Pinillos, en 1971, “la credulidad científica de nuestro tiempo no conoce límites y con ella se aceptan como naturales acontecimientos técnicos que hubieran sobrecogido a la humanidad de hace unos siglos”.

Los últimos tiempos nos hemos encontrado con descubrimientos impensables y con posibilidades varias positivas y constructivas y, paralelamente, también negativas y destructivas. Pero la ciencia, los científicos, le dan grandeza si son humildes. Su humildad proviene de ser conscientes que lo que hacen es descubrir, descubrir desde y sobre lo creado. Descubren nuevos y portentosos conocimientos, pero siempre desde lo que hay. Y queda mucho por descubrir, pues como leí en cierta ocasión “sabemos lo que conocemos. Y también sabemos que hay cosas que no conocemos. Pero también está lo que no sabemos que no conocemos.”
Paralelamente, nos encontramos con lo que podríamos llamar la perversa soberbia de la ciencia. En el siglo pasado ya sufrimos descubrimientos aterradores que pueden llegar a una destrucción incalculable. Con motivo del proyecto genoma humano y de los estudios y progresos en biotecnología, algunos científicos perdieron la perspectiva de descubrir, para plantearse la de crear. En 1979, el investigador de la Universidad de Cambridge, A.R.Peacocke argumentó que “el hombre tiene ahora, en el estado actual de su evolución intelectual cultural y social, la oportunidad de convertirse en cocreador y cooperador con el trabajo de Dios en la tierra, y quizás, e incluso un poco más allá de la tierra”. Por su parte el profesor emérito de genética de la Universidad de Minnesota V. Elving Anderson, 1995, manifestó: “la Tierra no necesita más humanos, sin embargo, necesita humanos mejores, humanos más resistentes a las enfermedades, genéticamente superiores, más inteligentes, comprensivos, mejor adaptados moral y espiritualmente y capaces de enfrentarse a su entorno. Con nuestro conocimiento sobre la microsfera humana que aumenta con rapidez y la tecnología en desarrollo nos situamos en la posibilidad de mejorar nuestra progenie”. Pero su pensamiento y predicciones van más allá, sosteniendo que si desarrollamos la capacidad de llevar a cabo intervenciones genéticas en la línea de germinación, podríamos diseñar a medida las generaciones futuras.
El mito de la perfección y la soberbia de creerse capaz de dominar todo, conduce a la perversa soberbia de la ciencia que con irresponsables experimentos ponen en peligro la vida de miles, hasta ahora, de personas, pero que pueden ser millones. Personalmente creemos y defendemos que Dios es el único creador. Nosotros podemos y debemos seguir descubriendo, pero conscientes de nuestra humilde grandeza como creados, pero enaltecidos a la condición de hijos y herederos. A medida que nos perfeccionamos, la realidad que hay que afrontar es más compleja. Nadie ha sido nunca perfecto, ni hoy ni en el futuro habrá seres humanos perfectos. La incertidumbre de la vida humana es una realidad incuestionable. Una vez más, desde el punto de vista de la salud, tanto física como mental, la experiencia nos dice que el dominio de unas enfermedades no implica la desaparición de la enfermedad, sino la aparición de nuevas dolencias. Como cristianos sabemos que nuestro peregrinar es dinámico y no estático, por lo que cuando hemos encontrado la solución a una cuestión, surgen otras nuevas. Todos los que investigan y todos los que aplican los avances científicos para el desarrollo de las personas y el bienestar social, representan los que construyen y su acción es un acto de amor a la humanidad y, como tal, aunque no seamos conscientes, de alabanza a Dios creador. La humildad puede conducir a los límites en el conocimiento y los medios para su aplicación. La soberbia y la ambición constituyen vías seguras para la intolerancia y la tiranía. Tengamos esperanza de que la humilde grandeza de la ciencia supere su posible y no deseable perversa soberbia.



