Salud y comportamiento del ser humano
FRANCISCO CERRO
Periodista y académico
Para mí, el dinero es un medio, nunca un fin. Y cada vez estoy más convencido de que muchos de los problemas que nos rodean nacen precisamente de haber convertido el dinero y la acumulación de riqueza en el objetivo principal de nuestra existencia. Es una pena que los seres humanos no sepamos aprender más de los animales, a los que llamamos irracionales. Quizá los verdaderamente irracionales seamos nosotros. El animal caza, en la mayoría de los casos, para alimentarse y sobrevivir. El ser humano, en cambio, puede llegar a acumular dinero y bienes mucho más allá de lo que necesita para vivir. Y, en ocasiones, esa acumulación se realiza mediante sistemas poco lícitos o poco éticos, que terminan generando problemas no solo para quien los utiliza, sino también para toda la sociedad. Al final, ese dinero puede convertirse en simples papeles, números en una cuenta o bienes que una persona ni siquiera puede disfrutar. Y lo que pretendía ser una fuente de felicidad acaba convirtiéndose en una fuente de preocupaciones. ¿De qué sirve tener mucho si no se puede vivir tranquilo?

También creo que, si todos actuáramos con honestidad y decencia, muchas de las cargas que soportamos como ciudadanos serían menores. Determinadas actuaciones poco ortodoxas de algunos políticos o empresarios terminan generando consecuencias que pagamos entre todos. Cuando alguien actúa mal, la factura muchas veces acaba llegando al ciudadano que sí cumple con sus obligaciones. No pretendo hacer aquí un discurso político. Es simplemente una reflexión sobre el comportamiento humano y sobre cómo nuestras decisiones individuales pueden afectar a los demás. La decencia, la responsabilidad y el sentido común deberían tener mucho más valor en nuestra sociedad.
Quiero recordar ahora una experiencia que viví durante mi época de reportero de Televisión Española. Fue en tierras de Santander, una tierra que siempre me ha gustado especialmente. Aunque hoy se habla mucho de Cantabria para referirse a toda la comunidad, para mí Santander sigue teniendo un nombre y un significado muy especiales, asociado a sus paisajes, sus pueblos y a esa maravillosa tierra del norte de España.

Estando en Potes, en un paisaje de montaña extraordinario, me encontré con un hombre ya muy mayor. Estaba tranquilamente sentado, disfrutando de un bocadillo y de un vino de su bota. A su lado estaba su perro, Lucero, y cerca tenía sus ovejas. Me acerqué y le pregunté:—¿Qué tal, buen hombre? ¿Cómo está usted? Y él, con una naturalidad extraordinaria, me respondió: —Yo, de p... madre. Aquella respuesta me hizo sonreír. Pero lo que vino después me hizo pensar mucho más. Me contó que estaba allí con su compañero Lucero, con sus ovejas y con su transistor, disfrutando de la vida. Mientras escuchaba las noticias, veía cómo muchas personas se peleaban, se mataban y se complicaban la existencia sin saber disfrutar de lo que tenían. Él, en cambio, estaba allí contemplando aquel paisaje maravilloso. No tenía grandes lujos ni grandes riquezas. Tenía su transistor, una buena comida que le preparaba su mujer y una vida sencilla. Cuando se ponía el sol, se marchaba a casa. Allí le esperaba su mujer, que le quería; sus hijos, que le respetaban; y su hogar, donde podía sentarse tranquilamente a ver la televisión. Y entonces me dijo, con una sencillez que todavía recuerdo: —¿Qué más quiero? ¿Para qué quiero yo otra cosa? Yo quiero ser feliz.
Aquella conversación fue una pequeña lección de vida. Me dio mucho que pensar, aunque, en realidad, es una reflexión que me ha acompañado durante toda mi vida. Aquel hombre tenía muy poco dinero, pero poseía algo que muchas personas con grandes fortunas no consiguen comprar: tranquilidad, afecto, respeto y felicidad. Y ahí está, para mí, la verdadera cuestión. El dinero puede facilitarnos muchas cosas, pero no puede comprar la salud, el cariño de una familia, la amistad verdadera ni la tranquilidad de conciencia. Y, sobre todo, cuando falta la salud, todo lo demás pierde buena parte de su importancia. Por eso creo que debemos preguntarnos qué estamos buscando realmente en la vida. ¿Más dinero? ¿Más bienes? ¿Más poder? ¿O simplemente vivir con dignidad, querer y ser queridos, disfrutar de la familia, de los amigos, de la naturaleza y de las pequeñas cosas que muchas veces tenemos delante y no sabemos valorar?

Yo lo tengo claro: para mí, el dinero es un medio, no un fin. Y la salud es probablemente nuestra mayor riqueza. Porque cuando no hay salud, ¿para qué queremos el dinero?Quizá deberíamos aprender de aquel hombre de Potes y de su compañero Lucero: saber disfrutar de lo que tenemos, vivir sin tanta avaricia y comprender que la verdadera riqueza no siempre se encuentra en una cuenta bancaria. A veces está en algo tan sencillo como un bocadillo, una bota de vino, un perro fiel, unas ovejas, un paisaje de montaña y alguien que nos espera en casa.



