Si no existiera Dios, habría que inventarlo
- apeveeditor
- hace 3 días
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FRANCISCO CERRO
Periodista y académico
La conocida frase «Si no existiera Dios, habría que inventarlo» cobra cada día más sentido para mí. Lo digo después de muchos años de vida, de experiencias y de haber conocido personas y culturas muy diferentes.

Nací en la posguerra. Eran tiempos difíciles, con muchas carencias, pero también con unos valores que hoy echo de menos. Recuerdo al sacerdote con su sotana recorriendo el barrio, entregándonos una estampa y recibiendo el beso respetuoso de los niños. No era un gesto impuesto, sino una muestra de la educación que recibíamos.
Pasé parte de mi juventud en la parroquia de la Milagrosa, frente a la Virgen de la que sigo siendo devoto.

Allí jugábamos al ping-pong, al billar y compartíamos nuestro tiempo con un objetivo muy sencillo: ser útiles a los demás. También ayudábamos a repartir la leche en polvo y el queso que llegaban de la ayuda americana. Nuestro lema era «siéntate a nuestra mesa», porque compartir era una forma de vivir. Aquella convivencia nos hacía sentir felices.
No me considero un católico practicante, pero sí una persona creyente. Respeto profundamente a quien piensa de otra manera, ya sea ateo o agnóstico. Cada uno tiene derecho a vivir conforme a sus convicciones. Sin embargo, pienso que la fe aporta algo muy valioso: esperanza. Quien ha perdido a un ser querido y cree en Dios encuentra consuelo al pensar que volverá a reunirse con él algún día. Esa esperanza ayuda a soportar el dolor.

Como periodista he tenido la oportunidad de viajar por gran parte del mundo, especialmente por África. Allí he contemplado la extraordinaria labor de tantos misioneros que dedican su vida a los más pobres, sin pedir nada a cambio. He conocido sacerdotes que viven su vocación con entrega absoluta. Recuerdo también el ejemplo de un obispo español que renunció a su cargo para regresar a las misiones donde había servido durante años. Ese tipo de decisiones son las que demuestran que la fe también puede expresarse con hechos y no solo con palabras.
Es verdad que, como en todas las profesiones, hay personas más comprometidas que otras. Hay sacerdotes que viven su vocación con autenticidad y otros que quizá la ejercen de manera más rutinaria. Pero no debemos juzgar a todos por igual.

Vivimos en una sociedad donde, poco a poco, parece haberse perdido el respeto a los padres, a los profesores, a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y, en general, a la autoridad. La igualdad entre las personas es un valor irrenunciable, pero la igualdad nunca debería confundirse con la falta de educación o de respeto.
Cuando la enfermedad o la desgracia llaman a nuestra puerta, incluso quienes dicen no creer en nada pronuncian muchas veces un espontáneo «¡Dios mío!». Quizá porque, en el fondo, todos necesitamos apoyarnos en algo que nos trascienda cuando las fuerzas nos abandonan.
Por eso sigo pensando que la frase de Voltaire mantiene toda su actualidad. Más allá de las creencias religiosas de cada uno, tener fe significa conservar la esperanza, encontrar un sentido a la vida y confiar en que el bien, la solidaridad y el amor siguen teniendo la última palabra. Y si no existiera Dios, quizá el ser humano tendría la necesidad de inventarlo para no perder nunca esa esperanza



