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Adiós a Fernando Ónega

  • apeveeditor
  • hace 4 horas
  • 2 Min. de lectura

MIGUEL SANCHÍZ


Hay despedidas que no caben en una simple noticia. Hay nombres que no se marchan: se quedan flotando en la memoria colectiva, en la conversación de café, en la voz de una generación que aprendió a escuchar el pulso de la historia a través de ellos. Hoy despedimos a Fernando Onega, y hacerlo es hablar también de amistad, de vecindad y de una forma noble de entender el periodismo.


Fernando Ónega
Fernando Ónega

Para muchos fue un maestro de la palabra, un cronista de la vida pública española, un hombre que supo narrar la política sin perder nunca el respeto por las personas. Pero para algunos —para quienes tuvimos la suerte de compartir tiempo, conversación y cercanía— Fernando fue, además, un amigo. Un vecino. Un hombre de trato cordial, de mirada limpia y conversación inteligente.


Desde la Asociación de Periodistas y Escritores Veteranos de España sentimos que se marcha uno de los nuestros. No sólo por su trayectoria, brillante y reconocida, sino por su manera de estar en el oficio: con elegancia, con serenidad y con una fidelidad absoluta al valor de la palabra bien dicha.


Fernando pertenecía a esa estirpe de periodistas que entendían que informar era también una forma de servir. Su voz acompañó momentos decisivos de nuestro país y su pluma supo traducir la complejidad de la vida pública con claridad, inteligencia y respeto. No buscaba el ruido fácil ni el aplauso inmediato; buscaba, sobre todo, la verdad posible de cada momento.


Pero hay algo que quienes lo conocimos guardaremos siempre: su humanidad. Fernando tenía la rara virtud de los hombres verdaderamente grandes, esa que consiste en no necesitar demostrarlo. Era cercano, amable, atento a los demás. En la conversación cotidiana encontraba siempre el matiz justo, la reflexión oportuna, el comentario que abría caminos.

Miguel Sanchiz
Miguel Sanchiz

Para mí, además, queda la memoria sencilla de los vecinos que se encuentran, de las charlas compartidas a lo largo de los años, de la amistad que crece sin estridencias pero con raíces profundas. Esos recuerdos, que no aparecerán en las hemerotecas ni en los archivos de radio, son los que hoy pesan más en el corazón.


El periodismo español pierde una de sus voces más respetadas. Nosotros perdemos también a un compañero, a un amigo y a un hombre que supo dignificar el oficio con su ejemplo diario.


Dicen que los periodistas no desaparecen del todo mientras sus palabras sigan vivas en la memoria de quienes las escucharon. Si eso es cierto —y hoy queremos creer que lo es— Fernando seguirá entre nosotros cada vez que alguien recuerde cómo se puede ejercer esta profesión con rigor, con elegancia y con decencia.


Desde la Asociación de Periodistas y Escritores Veteranos de España despedimos a Fernando Onega con respeto, con afecto y con gratitud.


Gracias, Fernando, por tu palabra, por tu ejemplo y por tu amistad.


Descansa en paz, querido amigo.

 
 
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