Currito, el loro que sobrevivió a ministros, suegros y perros
- apeveeditor
- hace 2 días
- 3 Min. de lectura
FRANCISCO CERRO
Un loro guineano, un cierre fronterizo, un mal corte de traje y casi cuarenta años de convivencia. La historia de Currito no es solo una anécdota doméstica: es el retrato divertido de una época, de un periodista curioso y de un animal con más carácter que muchos humanos.

1969: el cierre de la Verja
Yo estuve como periodista en el cierre de la Verja de Gibraltar, en 1969.
Era un momento de tensión política, de crónicas intensas y de ambiente denso. Entre reportajes y declaraciones oficiales, apareció un vendedor ambulante que ofrecía un corte de traje a un precio irresistible.
La tela parecía magnífica. El dibujo elegante. El precio, mejor aún.
Lo compré pensando que había hecho un negocio redondo.
Pero al llegar a Madrid, mi sastre fue demoledor:
“Mire usted, esto no sirve ni para bayetas”.
El corte quedó guardado en un armario, esperando destino.
El intercambio inesperado
Poco después, cubriendo una información sindical de la época, bajé al edificio y me encontré con el conserje.
Yo siempre he tenido debilidad por los animales —hijo único y bastante consentido—, así que le pregunté qué era lo más curioso que había por allí.
Me habló de un loro que traía de cabeza a todo el mundo. Había sido regalado a un ministro, después pasó a otras manos, pero nadie podía soportarlo. Era extraordinariamente malhablado.
Insultaba a monjas, funcionarios y visitantes con una precisión quirúrgica.
— Lo vendo por lo que me deje usted — me dijo.
Y entonces recordé el corte de traje inútil. Tela por loro. Trato hecho.
Los primeros días de Currito
Llegó a casa con su jaula. Yo era soltero y vivía con mi madre.
Durante dos días no dijo absolutamente nada.
Pensamos que quizá nos habían exagerado la historia.
Al tercer día subió el portero, un hombre algo amanerado,
y comentó lo bonito que era el loro.
La respuesta fue inmediata y escandalosa.
Recuperó todo su repertorio ofensivo sin perder una sílaba.
Intentamos educarlo. Fue un esfuerzo loable, pero poco eficaz.
Celos, política y silbidos
Con el tiempo me casé. Y aquí se produjo un giro inesperado:
Currito dejó de quererme y se enamoró de mi mujer. A mí me miraba con abierta hostilidad.
Mi cuñado, siempre con sentido del humor, le enseñó nuevas expresiones, entre ellas “¡Viva el Rey!”.
Además, silbaba de maravilla la marcha de “El puente sobre el río Kwai”, con una afinación sorprendente.
Se le abría la puerta y salía a pasear por la casa. Era astuto. Cuando llegaron los perros, marcó territorio con un par de picotazos estratégicos.
Baldomero y el final del reinado
Con un bóxer al que llamábamos Baldomero la relación fue distinta.
Cuando el perro creció y ya no cabía entre las rejas, encontró la manera de meter la pata.
Aquello puso fin al dominio absoluto del loro en la casa.
Son escenas que hoy recordamos con humor, pero que entonces formaban parte de la vida cotidiana.
Memoria selectiva
No solo repetía palabras: contextualizaba. Cuando mi madre entraba en casa, le decía exactamente lo que me había oído preguntar tantas veces:
“En la avenida, ¿qué? ¿Ha habido alguien?”
No era simple imitación.
Era memoria, intención y carácter.

Currito vivió casi cuarenta años.
Pasó por varias casas —incluso fue cedido temporalmente a otra familia, que lo devolvió incapaz de soportar su lenguaje—, pero siempre regresó a su hogar.
Todo comenzó con un mal corte de traje.
Y terminó siendo una de esas historias que solo el periodismo y la memoria consiguen conservar: la de un loro guineano irreverente, inteligente y absolutamente inolvidable.



