El hambre que no vemos
MIGUEL SANCHIZ
Hoy se celebra el Día Mundial de la Alimentación. Una de esas fechas que aparecen discretamente en el calendario, casi sin hacer ruido, como si el hambre pudiera permitirse el lujo de llamar poco la atención.

Esta mañana, en muchos hogares, el tema de conversación ha sido otro. Un corte de agua durante unas horas. La ducha que no funcionaba. El café que hubo que retrasar. La lavadora detenida. Las inevitables protestas. Y es lógico. Estamos tan acostumbrados a que todo funcione que cualquier interrupción altera nuestro pequeño universo.
Sin embargo, mientras nosotros mirábamos el grifo esperando que volviera a correr el agua, millones de personas en el mundo miraban sus platos vacíos esperando algo mucho más básico: comida.
Y entonces surge una pregunta incómoda.
¿En qué momento dejamos de valorar lo extraordinario que resulta abrir un frigorífico y encontrar alimentos? ¿Cuándo dejamos de asombrarnos por el simple hecho de poder elegir qué vamos a desayunar, comer o cenar?
El hambre tiene muchas caras. La más visible es la del niño cuyo vientre se hincha mientras su cuerpo se apaga lentamente. La de la madre que finge no tener apetito para dejar a sus hijos la escasa comida disponible. La del anciano que reduce sus raciones para que otros puedan comer. Son imágenes lejanas para nosotros, pero terriblemente reales para quienes las viven cada día.
Y quizá ahí reside el problema.

El sufrimiento distante se convierte con facilidad en una estadística. Las cifras ocupan titulares durante unas horas y luego desaparecen. Pero detrás de cada dato hay una persona. Un nombre. Una historia. Un ser humano que siente exactamente igual que nosotros cuando tiene miedo, cuando sueña o cuando abraza a quien ama.
La diferencia es que nosotros solemos preocuparnos por los excesos y ellos por las ausencias.
Nos inquieta una avería en internet. Ellos temen que no llegue el próximo saco de arroz.
Nos desespera un corte de agua de dos horas. Ellos recorren kilómetros para llenar un recipiente.
Nos quejamos porque la comida no nos gusta. Ellos agradecerían cualquier comida.
No se trata de sentir culpa por vivir mejor. Tampoco de despreciar nuestros problemas. Cada persona carga con los suyos y todos merecen respeto. Se trata, simplemente, de recuperar la perspectiva.

Vivimos en una sociedad del bienestar que, con todas sus imperfecciones, sigue siendo uno de los mayores privilegios de la historia. Tenemos agua potable, electricidad, sanidad, educación, transporte y supermercados repletos de productos. Y lo hemos normalizado tanto que apenas lo vemos.
Quizá por eso el hambre continúa siendo una tragedia silenciosa. Porque sucede lejos de nuestras mesas.
Hoy, mientras llenamos un vaso de agua sin pensar en ello, convendría detenernos unos segundos. Mirarlo. Agradecerlo.
Mientras tiramos un trozo de pan porque se ha quedado duro, convendría recordar que para muchos ese mismo pan sería un regalo.
Y mientras protestamos por las pequeñas incomodidades que alteran nuestra rutina, quizá deberíamos levantar la vista y contemplar el inmenso privilegio que supone vivir donde vivimos y como vivimos.

El hambre no es una noticia. Es una herida abierta en la humanidad.
Y tal vez el primer paso para cerrarla no sea únicamente donar alimentos o apoyar proyectos solidarios, algo siempre necesario. Tal vez el primer paso sea algo mucho más sencillo: no olvidar.
No olvidar que cada día que nos sentamos ante una mesa llena constituye una fortuna que millones de personas ni siquiera pueden imaginar.
Porque la verdadera pobreza no siempre consiste en no tener.
A veces consiste en haberlo tenido todo y haber dejado de darle valor.



