Gradiente de una conducta inapropiada
CÉSAR VACCHIANO
El concepto de gradiente tiene aplicaciones múltiples en las matemáticas, la física y la meteorología; refleja el conjunto de derivadas de una función que adoptan una dirección determinada y pueden reflejar una evolución creciente de un determinado fenómeno. Pretendo, al asumir un significado complejo, trasladar a la conducta de nuestro primer ministro ese significado, para poder explicar su pérdida de conciencia política favoreciendo la sucesión de hechos noticiables que ocultan, sucesivamente, el efecto de los anteriores; y todo ello para entender comportamientos que asombran a una gran parte de la ciudadanía.

Abandono de entrada la correlación del significado en el análisis matemático, puesto que solo Josep Borrell – entre sus allegados - sería capaz de relacionarlo con la conducta de su jefe coyuntural, para poner los actos que se analizan en secuencia funcional y comprender el creciente significado de sus fechorías.
Percibimos su primera hazaña curricular al descubrir una tesis doctoral plagada de irregularidades que descalificaron la faceta académica del personaje y su universidad; poco se ha valorado esa conducta a pesar de reiterar el procedimiento para aportar a nuestras bibliotecas un texto que acredita el valor de la resiliencia y cuya autora en la sombra mereció ser retribuida con cargos públicos coherentes con sus derechos de autor.
La misma función nos lleva a un episodio de manipulación de las elecciones a la cúpula institucional de su partido político, cuyos electores tuvieron que reaccionar ante una urna clandestina plagada de votos favorables al resiliente cuando la coyuntura se adivinaba adversa. El gradiente adquiere dimensión variable, aunque mantiene la misma dirección.
Alcanzado el poder en el partido, asistimos a conductas parlamentarias que se apoyan en sentencias judiciales probadamente contaminadas; promesas contundentes de transparencia y honestidad se confunden con la realidad sobrevenida llenando de ejemplos escandalosos las hemerotecas y videotecas de los medios de comunicación y los “smartphones” de los ciudadanos. El gradiente y sus efectos adquieren dimensión crítica, alcanza impacto internacional y se traslada a la valoración de la calidad institucional de España.
Asumida la derrota en los comicios municipales y autonómicos se produce una nueva contienda electoral en la que nuestro personaje lidera argumentos de defensa de los valores constitucionales frente a las alianzas de la “derecha” con sus extremos radicales. Pedagogía y miedo en dosis adecuadas para consolidar el mismo progresismo que defendieron Beria, Malenkov y Molotov en las exequias de Stalin, aunque, probablemente, él no lo recordaba. Presiones a la judicatura, con evidencia de insultos no reprimidos de su propio equipo de gobierno, elevan el gradiente.

La nueva derrota, alimenta un salto en la función que explica la conducta de nuestro personaje. Ahora, los “cambios de opinión” reflejan la ausencia de una tesis vital, con un testimonio de progresismo anclado a su propia supervivencia. La urna escondida en Ferraz se ha convertido ahora en un equipo de negociación con un fugado de la Justicia que inspiró un Golpe de Estado y que parece determinante para prolongar una legislatura inútil que sostiene a un sátrapa de los valores. El gradiente adquiere valores alarmantes y las explicaciones que pueden derivarse de la trayectoria que conocemos quizás no sean ni siquiera publicadas, pero, en definitiva, el fugado acaba siendo amnistiado en aras de su supervivencia política.
Los actos de gobierno que describen el periodo de una legislatura, que deriva de lo inútil a lo pernicioso, están en los medios y el gradiente de impacto en la opinión pública no tiene parangón histórico: la propia elección con apoyo del 2% de la población filoetarra y republicanos secesionistas, la negligente gestión del COVID, el abandono de los afectados por la riada en Valencia, la nula conservación de infraestructuras viales, la ideología contaminante de lo energético con un “cero eléctrico” en plena amenaza antinuclear, son los platos principales, todos con salsa de corrupción que se describe a diario en las crónicas de tribunales. Y para contribuir al olvido de todo ello una ciudad invadida, sin calidad vital para sus ciudadanos mientras disfruta de unas merecidas vacaciones con más recursos en su protección que los ofrecidos a 85.000 ciudadanos invadidos. Y ahora viene el trucaje del censo electoral para recordar a su urna maldita.

¿Estamos defendidos ante una alerta que los meteorólogos no sabrían definir? ¿Cabe explicar con patologías conocidas esa conducta? ¿Habremos asumido como en el caso de la “rana hervida” una realidad que se dosifica con falsedades recurrentes?
Medir la creciente gravedad de los hechos que ilustran esa trayectoria es un deber para todas las conciencias que presuman de algún espíritu crítico. Los partidos son máquinas de un poder que cuida los intereses de sus miembros, cada vez más alejados de los ciudadanos que respaldan esas conductas con sus votos. El gradiente explica ese crecimiento cuando un individuo hace patente, y alarmante, la disociación entre los valores y las conductas. ¿Cuántos creyentes en los valores de la socialdemocracia aceptaríamos un jefe como este en nuestra empresa? Vivimos una realidad que supera cualquier ficción y cuyas últimas manifestaciones serán visibles en la inmediata campaña electoral.
Asumo que cada conciencia valora el gradiente que he tratado de explicar de acuerdo con sus propias creencias, experiencia personal y sentimientos políticos. Solo he tratado de explicar que la función (conducta) que ha centrado esta reflexión se explica por un algoritmo de lo falso, lo nocivo, lo que será descrito en el futuro como reflejo de la inmadurez que conduce al enfrentamiento.



