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La camisa del hombre feliz

apeveeditor
hace 4 días
2 min de lectura

JOSÉ Mª GARCÍA CARRASCO


Mi padre solía contarme una historia sobre un hombre feliz. Decía que, en un reino muy grande y poderoso, vivía un rey que tenía todo lo que podía desear: riquezas, tierras, sirvientes y un palacio lleno de lujos. Sin embargo, no era feliz, porque su hijo primogénito estaba gravemente enfermo

El rey llamó a los mejores médicos del reino, pero ninguno encontraba un remedio. Finalmente, llegó un anciano médico, muy sabio, quien examinó al príncipe y dijo:

—Su enfermedad no se cura con medicinas. Para salvarlo, debe ponerse la camisa de un hombre verdaderamente feliz.

El rey, sorprendido, ordenó que buscaran por todo el reino a aquel hombre. Sus soldados recorrieron aldeas, ciudades y caminos. Preguntaron a comerciantes, campesinos, artesanos y nobles, pero todos tenían alguna preocupación.

Uno decía que era rico, pero temía perder sus bienes. Otro aseguraba tener una buena familia, pero discutía constantemente con ella. También encontraron personas poderosas, aunque siempre vivían preocupadas por sus enemigos.

Después de mucho buscar, los soldados llegaron a una pequeña casa, situada cerca de los campos. Allí vivía un campesino con su mujer y sus hijos. La familia era humilde, pero permanecía unida. Trabajaban juntos, compartían lo poco que tenían y agradecían cada día por estar sanos y juntos.

—¿Eres feliz? —le preguntaron al campesino.

El hombre sonrió y respondió:

—Sí, soy feliz. Tengo una familia que me quiere, un hogar donde descansar y trabajo para ganarme el pan. No necesito mucho más.

Los soldados se alegraron y le pidieron su camisa para llevársela al príncipe. Pero entonces descubrieron algo inesperado: el hombre feliz no tenía camisa. Era tan pobre que solo poseía la ropa que llevaba puesta, y aquella no podía quitársela sin quedarse desnudo.


José Mª García Carrasco
José Mª García Carrasco

Al regresar al palacio, los soldados contaron al rey lo ocurrido. El rey comprendió entonces que la felicidad no siempre depende de las riquezas, del poder o de tener muchas cosas. A veces vive en un corazón agradecido, en una familia unida y en la capacidad de disfrutar lo sencillo.

Desde aquel día, el rey comenzó a cambiar. Pasó más tiempo con su hijo y con su pueblo, y poco a poco comprendió que la verdadera felicidad no se podía comprar ni encontrar en una camisa, sino que debía construirse cada día.

 
 
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