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¿En la mesa… o en el menú?

  • apeveeditor
  • 27 ene
  • 3 Min. de lectura

MIGUEL SANCHÍZ


Hay frases que no necesitan explicación porque ya vienen explicadas por el mundo que las rodea. Cuando el primer ministro de Canadá, Mark Carney, dejó caer en el Foro de Davos aquello de «Si no estamos en la mesa, estamos en el menú», no estaba haciendo una pirueta retórica ni buscando un titular ingenioso. Estaba formulando, con crudeza anglosajona, una advertencia antigua: en política, en economía y en la historia, no decidir equivale a ser decidido por otros.


Miguel Sanchíz
Miguel Sanchíz

La frase fue pronunciada en el marco del World Economic Forum, ese escenario donde los poderosos hablan entre ellos con la naturalidad de quien se sabe observado, pero no cuestionado. Allí, donde se diseñan hojas de ruta que luego recorren países enteros, la metáfora del menú adquiere una inquietante literalidad. Porque en los grandes salones del mundo no siempre se discute quién gana, sino quién paga.

La pregunta, entonces, no es si la frase es brillante —lo es—, sino qué hacemos nosotros con ella. Qué hacemos como ciudadanos, como país, como Europa, como comunidad política que aspira a no ser tratada como un plato secundario en decisiones ajenas. Y, bajando aún más el foco, qué hacemos nosotros, los que compartimos mesa, conversación y discrepancia en la tertulia que anima Paco Cerro desde hace años.

Porque esta no es una cuestión abstracta. No va solo de geopolítica ni de tratados internacionales. Va de algo más incómodo: de nuestra posición en el mundo. Estar en la mesa implica asumir responsabilidades, costes, renuncias. Estar en el menú, en cambio, exige solo pasividad. Y la historia demuestra que la pasividad suele salir cara.

Durante décadas, Europa ha vivido en una confortable ambigüedad. Protegida por alianzas, sostenida por un modelo económico próspero, convencida de que el diálogo bastaba para conjurar los conflictos. Hoy ese suelo se ha vuelto inestable. El tablero se mueve. Las grandes potencias no esperan. Y el lenguaje se ha endurecido. Ya no se habla tanto de cooperación como de influencia; no tanto de reglas como de fuerza.


Mark Carney, primer ministro de Canadá
Mark Carney, primer ministro de Canadá

La frase de Carney incomoda porque nos obliga a elegir. No podemos seguir actuando como si bastara con estar presentes físicamente. Estar en la mesa no es ocupar una silla; es tener voz, criterio y capacidad de decisión. Exige claridad estratégica, unidad interna y, sobre todo, voluntad política. Tres cosas que no siempre abundan.

Pero tampoco conviene caer en el fatalismo. La metáfora del menú no es una condena, es un aviso. Un recordatorio de que aún hay margen para decidir qué papel queremos jugar. Y ahí es donde esta reflexión quiere abrirse, deliberadamente, a los demás.

¿Qué deberíamos hacer?¿Reforzar alianzas, aunque eso implique ceder soberanía?¿Invertir más en defensa, aunque incomode a nuestra conciencia pacifista?¿Aceptar que el mundo ya no se rige solo por normas, sino también por correlaciones de poder?¿O apostar, precisamente por eso, por una diplomacia más firme, más consciente de sus límites?

No hay respuestas fáciles, y quizá esa sea la mejor noticia. Las preguntas verdaderamente importantes nunca las tienen. Lo que sí parece claro es que no decidir también es una decisión, y casi siempre la toman otros en nuestro nombre.

Por eso me gustaría proponer a los compañeros de la tertulia que recojamos esta frase —mesa o menú— no como un eslogan, sino como un marco de reflexión compartida. Que cada uno aporte su mirada, su experiencia, su duda. Que pensemos juntos si estamos dispuestos a asumir lo que significa sentarse a la mesa del mundo, con todo lo que conlleva.

Agradezco de antemano a los tertulianos sus sugerencias, sus discrepancias y sus matices. Porque, al final, la única mesa que de verdad importa es aquella en la que todavía podemos hablar entre iguales, sin ser plato de nadie: en la magnifica mesa de nuestro Montefiore.

Y quizá ese sea el primer paso para no acabar en el menú.









 
 
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