top of page
logo apeve_edited_edited.png

Una propuesta de reflexión sobre la inmigración

  • apeveeditor
  • 9 feb
  • 3 Min. de lectura

 MIGUEL SANCHÍZ


En el año 2000, la ONU publicó su conocido informe Migración de reemplazo, en el que advertía de un fenómeno que hoy ya resulta evidente: el progresivo envejecimiento de las sociedades desarrolladas y la consiguiente reducción de su población activa. El documento planteaba que, para sostener el sistema económico, la única respuesta viable sería favorecer la llegada masiva de inmigrantes procedentes de regiones con mayor crecimiento demográfico. Aquella conclusión, revestida de análisis estadístico, abría en realidad un debate mucho más profundo, humano y cultural, que todavía hoy seguimos afrontando sin haberlo cerrado.


Conviene comenzar con una afirmación serena: la inmigración no es un problema en sí misma. La historia de la humanidad es, en gran medida, la historia de los desplazamientos. Europa, España y nuestras propias ciudades son fruto de innumerables mezclas culturales que han enriquecido lenguas, tradiciones y economías. Negar esa realidad sería tan ingenuo como injusto. Sin embargo, aceptar la inmigración como fenómeno natural no significa que debamos renunciar a reflexionar sobre sus consecuencias ni sobre el modo en que se gestiona.

El informe de la ONU partía de una premisa esencialmente económica: la necesidad de mantener el equilibrio entre población activa y población dependiente. Pero la vida de una sociedad no puede medirse únicamente en términos de productividad. Las comunidades humanas también se sostienen sobre elementos menos cuantificables: la cohesión social, la continuidad cultural, la identidad compartida y la capacidad de integración mutua entre quienes llegan y quienes reciben.



Quizá uno de los aspectos más discutibles de aquella propuesta fue presentar la inmigración masiva como única alternativa, sin explorar con suficiente profundidad otras posibles soluciones, como el fomento de la natalidad, la conciliación familiar real, la revalorización del trabajo doméstico o el replanteamiento del modelo productivo. Es legítimo preguntarse si sustituir población por población resuelve el problema demográfico o simplemente lo desplaza hacia el futuro.

Existe además otro riesgo silencioso: convertir a las personas en meros instrumentos económicos. Cuando la inmigración se contempla exclusivamente como un recurso laboral, se corre el peligro de deshumanizar tanto al inmigrante como a la sociedad receptora. La integración auténtica exige algo más que empleo; requiere educación compartida, aprendizaje lingüístico, respeto mutuo y tiempo para que las identidades dialoguen sin desaparecer.

Tampoco podemos ignorar los desafíos reales que surgen cuando los flujos migratorios se producen de forma acelerada y desordenada. La presión sobre los servicios públicos, las tensiones culturales o la aparición de guetos sociales son fenómenos que, si no se abordan con prudencia, pueden alimentar el miedo y la polarización. La experiencia demuestra que la integración funciona mejor cuando es gradual, equilibrada y acompañada de políticas sociales sólidas.


Miguel Sanchíz
Miguel Sanchíz

Me atrevo a proponer estas reflexiones como punto de partida para una conversación abierta entre amigos. Sería un privilegio someter este asunto al contraste intelectual y humano de los tertulianos de Paco Cerro, en uno de esos magníficos ágapes de Montefiore donde, entre el aroma del café y la cordialidad de la mesa compartida, las ideas suelen adquirir una temperatura más humana y menos ideológica.

Quizá allí, entre el bullicio amable de la conversación y la sabiduría acumulada de tantas trayectorias vitales, podamos preguntarnos sin apriorismos qué modelo de convivencia queremos construir. No para levantar muros ni para diluir identidades, sino para encontrar ese difícil equilibrio en el que la hospitalidad y la prudencia caminen juntas, como dos virtudes que solo tienen sentido cuando se acompañan.

 
 
bottom of page